Perdices al espeto

Matías Vello sempre se ofrecía pra cociñar nas casas onde o convidaban a xantar. Sobresalía nas carnes mechadas, nos pastelóns e nas perdices ao espeto flameadas con coñac…

Matías Vello siempre se ofrecía para cocinar en las casas donde lo invitaban a comer. Sobresalía en las carnes mechadas, en los pastelones y en las perdices al espeto flameadas con coñac…

Matías Vello. Escola de menciñeiros

Es un trozo del otoño el que comeis, un trozo nostálgico de las era de trigo, de centeno y de avena” dice Cunqueiro en el final del capítulo que dedica a la perdiz en Teatro venatorio y coquinario gallego, el libro escrito en colaboración con José María Castroviejo, y en el que hace muchas alabanzas de esta ave.

En este libro, como en Escola de menciñeiros, encontramos la perdiz al espeto y la manera de prepararla. Recuerda Cunqueiro al Marqués de Armonville, que en su Tratado, hablando de las comidas de los conventos, dijo que los cluniacenses preferían el espeto, mientras los cistercienses “dieron en la moda de empanar”. Sería, por lo tanto, según Cunqueiro, propia de Samos la perdiz al espeto.

Con su habitual estilo, dice Cunqueiro que donde mejor se comen estas perdices al espeto es en el monte, rellenas con dos lonchas de jamón o panceta y unas aceitunas. Se ponen en el espeto y se colocan a la lumbre para que se vayan dorando y, mientras, se cogen unas castañas de un castaño próximo y se ponen a asar en el mismo fuego. “Cuando está la perdiz asada, están las castañas también”.

Las perdices, en diversas preparaciones, aparecen muchas veces en los libros y artículos de Cunqueiro, y le da a esta ave un cierto carácter afrodisíaco.

En 1977 publica en la revista de erótica Bazaar un artículo titulado “Instrucciones para nobles caballeros” en el que afirma lo siguiente: “El hombre que anda a coitos ha de usar, según Lobera(1), manjares que aumenten la virtud y simiente, qie son huevos, hígados de gallina, alguna perdiz nueva…”.

En el mismo año, pero en este caso en otra revista de carácter erótico, Primera plana, escribe “Los estrelleros de Samarcanda”, asegurando que los tales estrelleros “al servicio de los grande kanes” eran obligados a llevar una alimentación que apagara o borrara sus apetitos carnales, evitando, entre otras cosas, las perdices, que solo se les permitían cuando llegaba la mujer del khan. Entonces tenían vacaciones, “comida libre con cordero y perdiz…” y acababan los estrelleros echando “un vistazo por las tiendas de las viudas”.

(1) Luis Lobera de Avila, medico del emperador Carlos V.


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