Ancas de rana

Bajo estas aguas está Antioquía de Galicia, esa noble ciudad. Dejando a derecha mano la Señoría con su torre y sus campanadas, por el arco de la Espiga se pasa a la plazoleta del Naranjo, que así se llama por el que allí hay, y donde, bajo las armas de la reina doña Ginebra, está el más famoso hostal de la ciudad. El plato celebrado entre todos los que el huésped ofrece, ranas en salsa verde. Hay también ranas al limón, a la tabla del Papa y estofadas…

Viaje al país de la Limia. Faro de Vigo, 22 de diciembre de 1953 (Recogido en El Pasajero en Galicia)

Resulta inevitable que escribiendo sobre la Limia lleve Cunqueiro a sus páginas las ancas de rana, puesto que estamos en el único lugar del país donde, al parecer, siempre fue bien visto capturar ranas y consumir la carnes de sus patas traseras. Recuerdo mis andanzas carnavaleras por aquellas tierras, cuando siempre teníamos un ratito para hacer parada a comer una fuente de ancas servidas por el tabernero disfrazado con dos sombreros, uno de paño y otro de paja: el de paja para el sol -decía- y el otro por si hace frío. Como si lo hibieran sacado de un relato de Cunqueiro.

Vuelve Cunqueiro sobre las ancas de rana en 1977 en un artículo titulado “Ranas, anís y ubre de cabra”, publicado en la revista Primera Plana, una publicación de destape en la que al pie de los artículos del mindoniense se podían encontrar las fotos de cualquier muchacha ligera de ropa.

Cuenta Cunqueiro del tratamiento que de la una posadera de cerca de Tolosa de Francia a un peregrino que iba a Compostela a ver si el Apóstol le devolvía la salud y lo ponía en forma para la vida marital. Escribe Cunqueiro: “Y no más salir la luna, vino la posadera en camisa al leche del caballero, y por su mano le dio la cena, que lo era de ancas de rana guisadas, y de capirote un vaso de agua de anís. Cenado el de Borgoña, recibió de la posadera un masaje de vientre, terminado el cual, ella misma puso al camarero a orinar en una maceta, envolviéndole después el miembro muy cuidadosamente en una ubre seca de cabra, no sin antes darle unos toques por ver que dureza alcanzaba”. En los días siguientes siguió el mismo tratamiento con ancas de rana, agua de anís y ubre de cabra, tratamiento que dio resultado al tercer día, cuando la posadera apareció sin camisa, es decir, desnuda. Al final el caballero se mostró dispuesto, y cubrió a la posadera con cierta alegría.

En el mismo artículo Cunqueiro asegura haber visto en un libro sobre Provenza la receta de las ancas de rana como alimento esencial para que reponga fuerzas el que usa mucho de batallas venéreas.


Deja un comentario