ROSCAS, ROSQUILLAS, ROSQUITAS, ROSCOS Y ROSQUETAS

Bágoas lle brincaban nos ollos a aquel don París príncipe, i os seus ao velo chorar tamén as botaban afeito, pro non por iso deixaron de rillar nas roscas, que eran de Santa Clara, bañada en almibre por mi ama doña Ginebra.

Lágrimas le saltaban en los ojos la aquel don París príncipe, y los suyos al verlo llorar también las echaban abundantes, pero no por eso dejaron de comer en las roscas, que eran de Santa Clara, bañada en almíbar por mi ama doña Ginebra.

Merlín y familia

Quienes con tantas ganas comen en las roscas no son otros que los cinco hombrecitos del mundo soterrado que acompañan al príncipe don París a la casa de Merlín, en busca de consejo sobre la manera de recuperar a su reina que estaba presa de la Delfina de Tulé, convertida en una paloma colipava y metida en una jaula de plata.

Por lo que respeta a las roscas, siempre fue el gallego muy aficionado a ellas, no faltando nunca en las ferias, fiestas y romerías de nuestra tierra los puestos en los que se venden las distintas variedades y especialidades de cada zona.

Cada mes de septiembre, allá por el 26 y 27 del mismo, compro roscas en la romería de Santa Minia, en el ayuntamiento de Brión. La Santa Minia es romería de mucha importancia en toda la comarca de Santiago y también en las limítrofes, y constituye un acontecimiento trascendental en el valle de la Amaía, que tantas veces cantó Rosalía de Castro.

Brión, o mejor dicho, Pedrouzos, la parroquia en la que se asienta la capilla con las reliquias de la mártir romana, traídas de Cádiz en 1848 por Lois Tobío, pariente de los Tobío de Viveiro, no tiene más que unos pocos cientos de habitantes, pero los días de la fiesta son miles los romeros que se acercan allí, con la intención unos de visitar la santa y llevarle sus exvotos de cera y, otros, con intenciones más paganas, relacionadas fundamentalmente con el buen pulpo que esos días se come, por toneladas, en la carballeira de Santa Minia.

También están las rosquilleiras, como ya dije, y no falta ningún año una mujer que, junto con las roscas y otros productos, vende algunas nueces y uvas de la zona, uva catalana, pero de un aroma y sabor incomparables.

En La cocina gallega Cunqueiro da buena cuenta de la importancia de las roscas entre los dulces gallegos: “Ya estamos en la Galicia dulcera, en la Galicia de los bizcochos, de los almendrados, de las rosquillas de las fiestas” … “Rosquillas fritas, rosquillas anisadas, roscos de vino, -que a mí me gusta que sean colorados, por el vino tinto”.

Mariano García y Fina Casalderrey, en el que seguramente es el tratado más completo sobre repostería gallega, incluyen diez recetas de rosquillas y cuatro de roscas, pero ninguna de ellas es la de estas roscas de vino de que habla Cunqueiro, quien también explica la manera de prepararlas: “una libra de harina, un cuarto de mantequilla de vaca derretida y una taza de tinto; se amasa bien, y al horno, en una lata untada de mantequilla; al salir del horno se les da una por una un baño de almíbar, y aún se les desparrama por encima azúcar en polvo antes de ponerlas a secar”.

Quien sí recoge esta receta de las roscas de vino en su recetario es Picadillo, con recetas de roscas, rosquillas, rosquitas, roscos y rosquetas. En total veinte recetas.


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