Percebes y marcianos

Y en la plaza da Fariña hablamos de lo bien que estarían en La Coruña los señores esterlines con sus cónsules de negro ropón y cuello vuelto de piel de nutria, la cadena de plata cruzándoles el pecho, quitándose el bonete al pasar ante la parroquia del señor santiago. Que esto, entre Saint-Maló y una hanseática ciudad, pretendíamos ver en La Coruña. Quizás nos ayudasen el ribeiro bebido, remojando unos percebes, en la calle de las Tinajas.

La Coruña. Faro de Vigo, 25 de agosto de 1951 (Recogido en el libro El Pasajero en Galicia).

¿Quién se resiste ante uno buen plato de percebes?. Este marisco, que hoy muchos consideramos como el rey del mar, no siempre tuvo el mismo aprecio que en la actualidad.

Aún recuerdo lo que contaba mi padre de cuando el abuelo iba a Viveiro a no sé que feria con aquel autobús de la familia (aun tengo en cabeza la imagen, de cuando era muy niño, de restos de su carrocería de madera en la casa del parque) y volvía con un saco de percebes comprado por muy poco dinero. Igual los percebes no eran tantos, o el saco era más pequeño del que mi padre refería, pero que el abuelo volvía a casa cargado de percebes muy baratos es cierto por completo.

Otra prueba de que hubo un tiempo, no muy lejano, en que poco se pagaba por ellos es la costumbre, muy extendida en la Costa da Morte, de comerlos con cachelos. Se ponen las patatas cortadas a la mitad y sin pelar a cocer en agua con sal y laurel. Cuando ya van cocidas se añaden a la olla los percebes, se deja cocer un casi nada más, se escurre el agua y ya están listos para comer. Siempre más cachelos que percebes.

Remontándonos al siglo XVIII, Cornide Saavedra dice en su “Ensayo de una historia de los peces y otras producciones marinas de la costa de Galicia” que “El Perceve propiamente es una especie de nervio del largo de un dedo, blanco en vida, y encarnado despues de cocido; esta carne es más sabrosa que sana, véndese cocida, y conserva en vasijas de madera cubiertas con paños para que guarde el calor, el modo de comerla es retorciendo y separando la uña de la botarga ó calza y sacando la carne, que es correosa y de mala digestión“.

Sobre la forma de capturarlos, escribe Cornide en 1788 que “Los Perceves viven asidos á las piedras de la costa en todo lo que cubre diariamente la marea, y se despegan de ellas por medio de un fierro de figura de escoplo ó trencha puesto en un mango“. Desde entonces, lo único que cambió en la captura del percebe es que ahora los percebeiros se protegen de las inclemencias del tiempo con un traje de neopreno. El fierro sigue siendo lo mismo. Y el mismo riesgo los acompaña.

La más bonita descripción de los percebes que he leído nunca está en otra obra de Álvaro Cunqueiro, La cocina gallega, en la que escribe el mindoniense: “Así están, digo yo, estos como vikingos de oscuro vestidos en una asamblea de cascos, que era una de las maneras que los poetas escaldos tenían para decir batalla, en la condición excelente para ser comidos”.

Y cuenta en las mismas páginas que los ingleses no comían percebes y que, en los tiempos de Shakespeare, pensaban que de sus uñas nacía bandas de gansos que los ingleses llamaban “barnacle goose”. Barnacle, el nombre inglés del percebe, era también el nombre de aquella roca marciana que investigaron los robots del Mars Pathfinder en 1997. ¡Una prueba más de que no solo hay gallegos en la luna, sino también en Marte!


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