El jamón y los curas

E namentras eu servía ós hóspedes algo de viño e xamón, coma si fora paragüeiro de Ourens terbellou mi amo nos paraugas, i en un amén dounos por amañados, que asegún il soio tiñan unha varilla floxa i outra salteada.

Y mientras yo servía a los huéspedes algo de vino y jamón, como si fuera paragüero de Ourense trajinó mi amo en los paraguas, y en un amén los dio por arreglados, que según el solo tenían una varilla floja y otra salteada.

Merlín e familia

Los huéspedes que probaron el vino y el jamón de la casa de Merlín, que sería jamón ahumado de la Terra Cha, eran enviados del Obispo de París, que llevaron hasta Miranda sus maravillosos quitasoles, de nombres Sal el sol, Mirabilia y Luceiro, para que Merlín los arreglase, ya que no cumplían bien sus cometidos. El capítulo se titula Los quitasoles y el quitatinieblas.

El jamón siempre fue apreciado en Galicia y sigue siéndolo hoy, aunque puede que menos que antes, seguramente por aquella consideración especial que tenemos por lo que nos falta, que puede convertirse en indiferencia cuando nos sobra.

Durante siglos, el gallego, fundamentalmente en el medio rural, crió cerdos como medio principal para su subsistencia, ya que este animal comía cualquier cosa y a cambio ofrecía grasa y carne para alegrar los caldos de la comida diaria del largo año.

Pero además el cerdo ofrecía dos hermosos jamones y otros tantos lacones, que servían para pagar deudas y favores del cura, el médico el alcalde o el cacique de turno. Habitualmente las cuatro patas del cerdo servían para pagar esas deuda o favores y, si no había tales, se vendían en la feria o en el mercado para poder comprar otros artículos de más necesidad. Así que en la casa del labrador, poco jamón se comía.

Esta realidad se ve reflejada claramente en un párrafo del propio Cunqueiro, en artículo publicado en el Faro de Vigo el 26 de junio de 1964, perteneciente a serie Camino de Santiago y titulado Por San Juan de Ortega a Burgos. En el artículo, el escritor de Mondoñedo, cuenta su visita a San Juan de Ortega y se queja de la parquedad de los curas castellanos: “Hay una diferencia esencial entre el clérigo gallego y el castellano, hay que decirlo. Entras en casa de un cura nuestro, y a poco está el vino en la mesa, el pan y unos tacos de jamón y chorizo, o los cafés y el coñac o el aguardiente se imponen. En Castilla, nanay. El cura de San Juan de Ortega no saca ni medio chiquito del clarete del país, que es tan limpio”.

Antes que Cunqueiro ya Julio Camba había advertido en La Casa de Lúculo sobre la generosidad de los curas gallegos cuando escribió: “que no le invite la usted nunca un terrateniente escocés, amigo lector; pero que tampoco le invite jamás un cura gallego”.

Según Camba, la despensa del cura gallego es un compendio de todas las despensas de la parroquia, que los parroquianos “saben que el hombre más santo peca, por lo menos, diez veces al día, y les complace ver al párraco incurriendo en el pecado de la gula como una garantía de que no incurre en otros pecados”.

Pasaba esto en 1964. Hoy puede que en las casas de los curas gallegos ya no se vea tanta abundancia de jamones y otros productos regalados por la parroquia, que cada vez parecen menos los practicantes y, seguramente, caería a plomo el número de los parroquianos que agasajaban con lo mejor del cerdo al cura. Cosas del tiempo que nos toca vivir.

 


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