Amanita oronja

Cuando, como ayer, encuentro el sombrero naranja y el amarillo pie de la amanita oronja tanto me place decirle su nombre como un verso, como comerla cocida en tinto. Un poco más allá de la coloreada tribu de las amanitas di con una familia de boletos negros y rodellones, con su oscura caperuza, rojiza en algún rodellón: envejeciendo, verdecen, y hay mucho enamorado de su carne prieta y exquisita: estos boletos tienen un hermano azulado y tan venenoso, que me dicen que por la Rioja le llaman «mataparientes». Pierre de Bourdeilles, señor de Brantôme, cuenta una historia galante que terminó en envenenamiento por boleto azulado, rotundo y dulce: la dama salió a la terraza a ver morir al caballero envenenado, y pues era noche clara de luna llena y la dama estaba ligera de ropa, mostraba el aire aquello que el padre maestro Feijoo, hablando de la hermosa Friné de los griegos, “escándalos de nieve” llamó.

El viaje al bosque. Artículo recogido en el libro “Viajes imaginarios y reales”

Este artículo, El viaje al bosque, está recogido por César Antonio de Molina en el libro Viajes imaginarios y reales, aunque no aclara dónde ni cuando lo publicó Cunqueiro. En el artículo se mezclan bosques y setas, historias galantes que rematan en envenenamiento por boleto azulado, y de Aquitania, de los príncipes y emperadores de la vieja Europa, de faisanes lisboetas cocinados y vestidos con todas sus plumas e incluso de Carlomango. Un resumen de materias que le eran gratas al mindoniense.

También escribe sobre la amanita cesárea en Vida Gallega en enero de 1955 para invitar a los gallegos a ir al bosque en un tiempo en que a ningún gallego de bien se le ocurriría llevar una seta a la boca, no fuera a ser el demonio. No olvidemos que, hasta hace bien poco tiempo, Galicia fue un país absolutamente micófago.

A pesar de todo, en ese artículo de Vida Gallega (recogido en el libro Viajes y Yantares por Galicia) Cunqueiro da su receta para la amanita cesárea:

Yo pico el pie con miga de pan, ajo, menta, perejil, pimienta y sal, quito la película del sombrero y relleno éste con el picadillo, y en aceite, al horno. ¡El Señor sea alabado!”.

Por último cuenta que Proust comía las amanitas cesáreas con sesos y Armonville las recomienda con lengua de vaca.

 


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